Bloggers, chefs y mentiras emplatadas

Con el objetivo de que postee un artículo en alguna de las plataformas digitales en las que publico (es lo que se llama Inbound Marketing, o marketing de contenidos), una de las cosas curiosas que me pasan trabajando en esto de los restaurantes es que muchas veces me confunden con gastro blogger y me invitan a probar nuevos restaurantes, visitar establecimientos re-modelados o re-inventados y conocer a los nuevos chefs y sus propuestas.

Ahora, lo que mola es que los otros hablen de ti y tu puedas guardar tu humildad y honestidad de (Top)chef intacta en el altar de tu cocina. Y los bloggers son altavoces.

Os aseguro que las notas de prensa son fabulosas, despampanantes, llenas de todas las palabras que se os puedan ocurrir asociar a la creatividad en la cocina y la excelencia en el servicio. Con detalles de hasta quien ha diseñado los baños.

En ocasiones, ni el restaurante es tan bonito ni el chef tan … como decirlo… tan chef. Y entonces es cuando la ética y el compromiso con la agencia que te ha invitado, entran en conflicto. Las experiencias no siempre son fabulosas. Pero hay que escribir, nobleza blogueril obliga ¿?.

Hace pocos meses, nos sentamos un grupo de bloggers (y mi alter ego bloguero) en un super trendy restaurante, con una de esas decoraciones WOW y una carta de más de lo mismo. Algo crujiente, algo en baja temperatura, los fríos con florecitas, tartares, un napado de salsa en mesa, los tomatitos y las vieiras… Y los must de la neo-restauración urbana de este país: las bravas, la ensaladilla rusa y las croquetas. Porque hoy en día, si no firmas tus propias bravas (las de la abuela, las picantonas, las bravísimas, las canallas, las de siempre, de mi pueblo…), no haces tus propias recetas croqueteras (desde ceps hasta escabeche de mejillón) y por supuesto no consigues una ensaladilla rusa a la altura de las que le gustan a Capel, no eres nadie. NADIE.

Y así fue el menú. Una sucesión de platos y platillos sin sentido, sin orden ni concierto. Una demostración de “fíjate que pongo florecitas como los Roca en sus mandalas dulces, te bordo la baja temperatura con sus crujientes y domino la cocina tradicional, con mi toque personal.”. Siempre lo tienen, el toque personal.

Hacía tiempo que nadie me mentía tanto como ese joven chef . Es chef, si. Si fuera bueno, sería cocinero. Me puso delante unas tiras de bacalao mal desalado, con una vinagreta ¿? tan cítrica que el contraste llegaba a ser desagradable. Eso si, con florecitas. Lo llamó “Falso ceviche de bacalao ahumado con flores”. Falso, falso.

Otra sorpresa fue la interpretación de la “Coca de ceps a la minute juego texturas”. No entendí nada. La coca era una crosta de pan (masa madre, no espero menos de este joven taleno) sobre la que se habían caído unos ceps mal cortados como dados gigantes y salteados. No entendí lo de la minute, ni lo de las texturas.

La propuesta crujiente fueron los “Saquitos rellenos de gamba con tum yum”. Esto venía a ser una gamba que no quería estar envuelta y mantenía su independencia y distancia con la masa, anegada con fumet de pescado y mucho perejil. ¿Era perejil?

En la mesa, mis compis bloggers y yo (en este caso mi alter ego blogero), ya habíamos desconectado de la parte gastro del evento, porque no tenía demasiado sentido seguir atentas a un menú que decepcionaba cada vez más con cada plato que nos presentaban.

Las carnes fueron un escándalo. Un trio de miniburguers incomibles y un cordero en baja temperatura en textura ladrillo con crujiente seco coronado por dos rodajitas de chile habanero (WTF). Eso si, el plato nos venía pintado con algo parecido a una crema de calabaza. En fin, era naranja. Una habitas hacían de cama a este bodegón imposible.

Postres, paso. Yo no tomo postre, y acostumbro a cambiarlo por otra copita de vino si la compañía acompaña. Y durante esta última copa, el chef se acercó a preguntar que nos había parecido. Fue su última intervención en la mesa, después de haber salido de la cocina para explicarnos algún plato, transmitiendo una cierta desgana y un “estoy hasta las sartenes de los putos bloggers estos”. Por cierto, ni un solo origen de producto ni una técnica ni un nada de nada.

Supongo que no se fue demasiado contento con mis comentarios. Y es que a veces, a una le queda un poco de dignidad para decir basta cuando le han tomado el pelo.

Y si, claro… exagero. Ja ja ja.Pero de no haberlo hecho no hubieras leído hasta aquí.

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