Lleva un par de horas controlando la intensidad del gas para conseguir que el sofrito, el fondo del arroz y el caldo mantengan la temperatura deseada. Se quita el delantal, aprieta el botón de café largo de la Nespresso y sale por la puerta de atrás a fumarse un cigarrito aprovechando el sol del mediodía.

Diez minutos después regresa a la cocina, saca las lechugas y los tomates de la cámara y se concentra en convertirlos en una ensalada, el primer plato del menú.

Carmen lleva 20 años metida en esta cocina. Dos servicios diarios, 6 días a la semana. 20 días de vacaciones al año.

Cada día de trabajo, antes que los primeros clientes se sienten a la mesa para comer su menú de 12€, echa un vistazo al periódico y lee su horóscopo y el de Mario, que acostumbra a estar repasando el orden del gueridón del comedor.

Hoy junto a la predicción del pitoniso del periódico, hay un extenso artículo sobre las maravillas vanguardistas de los grandes de la cocina, reunidos en formato gastro-pandi en Madrid y en el que se glosa con prosa rebuscada y grandilocuente los avances en I+D, las nuevas propuestas gastronómicas y las reflexiones filosóficas sobre la identidad de los sabores de los chefs-gurús-conferenciantes de la primera jornada.

Carmen sonríe leyendo rapidito y en diagonal (son la 1:20 y los Sres. Roble aparecerán en breve, como cada día desde hace 7 años y pedirán su mesa junto a la ventana.)

Recorre visualmente su cocina. Las lentejas han quedado divinas, para mojar pan que decía su abuelo. Hoy ha incorporado un nuevo ingrediente y está ansiosa por ver la reacción de sus clientes. Anota mentalmente hablar muy en serio con el verdulero, los tomates no son los que ella pidió y espanta una mosca del cesto del pan.

Se detiene en la envasadora al vacío que compró hace un par de años, sus ojos saltan a la Thermomix de sus amores y finalmente arranca las comandas de la cena de ayer del pase, hace una bolita y las tira al reciclaje.

Se ciñe el delantal a la cintura y piensa “empieza el rock’n’roll ese que dice Chicote“.

A las 13:30 el Sr. Roble abre la puerta cediendo el paso a su esposa. Piden una mesa grande, tres de sus nietos les acompañan. Mario les ofrece el menú del día y la Sra. Roble les dice a los jóvenes “pedir las lentejas, son las más ricas del mundo”, buscando con la mirada a Carmen por el hueco del pase.

Carmen cierra el periódico, emplata 5 lentejas y piensa que tal vez le iría bien un “Roner de esos” que usa el chico de la cresta para esferificar a baja temperatura (es algo así, ¿no?), sí, ese que sale en la tele y se casó en pijama con una famosa (¿telecinco? ¿antena3?… ¿dónde sale esa chica?.)

Aunque mejor le pide a Antonio, el cocinero jovencito que han contratado en el vasco de al lado, la receta de sus croquetas jugosas de rabo de toro y comino. Eso sí que estaba bueno, y no necesitará el Roner ese. Y el chaval les va a durar dos días, como todo el personal que contratan. Hay que aprovechar su entusiasmo hasta que cobre la primera nómina.

El comedor está lleno, los platos salen a buen ritmo. Carmen piensa que tal vez el año que viene debería pedirle a Mario un par de días libres e ir a Madrid Fusión.

“¿Y quién va a hacer las mejores lentejas de esta ciudad?”, le grita Mario asomando la cabeza por el agujero-pase. “¡Márchame dos más para la 4, Carmencita!”.

Sí, tal vez, el próximo año… piensa mientras le manda un whatsapp a Antonio y empieza a decodificar mentalmente la receta de las croquetas del chaval. Está segura que puede clavarlas.

Y posiblemente, mejorarlas.

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En este link puedes leer mi post de Madrid Fusion 2015.

El Madrid Fusión de Carmen
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