Incapaces de reconocer el trabajo bien hecho de los que no comulgan con sus ideas. Intolerantes con los que no les sirven como ellos creen que deben ser servidos. Ignorantes de cualquier producto que no esté financiado por sus sponsors.

Influencian grupitos de familia, amigos y conocidos, encerrados en un círculo de críticas viperinas que a nadie importan. Dan la espalda, en un triste gesto de mediocridad, a los que no se ajustan a su presupuesto. Se creen Napoleones de un ejército que no existe, Juanas de Arco de causas que a nadie importan.

España es un país de hipócritas y envidiosos. De resabiados de poca monta y golosos de azúcar refinado. España en todos sus rincones tiene un tonto que se cree un iluminado, un tuerto que se cree rey. Tortugas que se creen ninjas y patanes que van de señores.

Pero se les ve de lejos, y les dejamos andar por ahí escupiendo sandeces porque España es un país de gente muy lista, muy empática y con suficiente sentido del humor como para pasar por su lado y saludarles con un ¿Qué tal, todo bien, gilipollas?.

Y seguir haciendo bien lo que bien hacemos, tomándolos como la anécdota folklórica en un mundo donde opinar sin criterio ni conocimiento es gratis

El esperpento de cuatro tontos y sus palmeros, es el circo donde nos reímos los demás.

En esta liga, cada uno elige en que equipo juega. Sabéis que yo animo, desde la banda y con mi mayor entusiasmo, al equipo de profesionales que recorren los mejores bares del mundo para aprender el mejor perfect-serve, a los que invierten en viajes para descubrir nuevos sabores con los que enriquecer nuestra cultura gastronómica, a los que estudian la mejor forma de ofrecer una gran experiencia al cliente o a los que arriesgan su patrimonio y un ICO para hacer realidad el sueño de tener un restaurante.

La falta de respeto de estos bloggers y críticos, sí esos, hacia esta dedicación es proporcionalmente desagradable al compromiso de servicio de aquellos que piden un taxi al cliente que tomó una de más o agradecen la visita aún sabiendo de las intenciones de escándalo populista de alguno de estos personajes cuando la euforia y la anticipación a los aplausos palmeros les embarguen.

Y de cuando en cuando, cuando ya van más de tres, cuatro o cinco intentonas de acecho y derribo al joven cocinero que acaba de arrancar su negocio, al empresario que propone un producto singular o al cocinero que arriesga, utilizo la terapia de escribir de esos bloggers, de esos llamados críticos gastronómicos. Si, de esos.

De los que forman parte de la lista negra que todos los restauradores compartís, pero sois demasiado elegantes para hacer publica. La que todos sabemos

Puedes comentar mi artículos en mis redes sociales Eva Ballarin, Twitter y Lindekin.

Esos bloggers y críticos. Si, esos.
Deja tu valoración