Nos hemos cansado de la comida que no parece comida. De los trampantojos y las texturas imposibles. Nos hemos cansado de tanta química para levantar un sabor o darle untuosidad a una salsa. Nuestro paladar ha dicho basta y el apetito que tuvimos hace un tiempo por la novedad esferificada de sabores se ha terminado.

Volvemos al sabor tradicional. Al huerto, y como menos intervenido mejor. A la carne con aspecto de carne criada de la forma más natural posible. Y al pescado al horno con patatitas. Regresamos a una infancia, como el crítico de Ratatouille, donde no existían las recetas de corte molecular. Donde la cocina olía desde media mañana en cada casa. Una infancia donde comíamos legumbres dos veces por semana y mucho guiso de cazuela.

Al cansancio del reto que supone enfrentarse a menús de gran complejidad a nivel de ingredientes (algunos o muchos de ellos de procesado químico), se le suma que, paradojicamente a los tiempos de alta visibilidad de la cocina en los mass-media y la infinidad de publicaciones y canales dedicados a las recetas, cada vez cocinamos menos en casa.

La falta de tiempo, el exceso de oferta de tv-dinners y la proliferación del delivery han contribuído a sacarnos de las cocinas para instalarnos delante de la pantalla para disfrutar del acto de cocinar. De cocinar otros, no nosotros.

Por eso, la cocina de siempre, las recetas de tradición reinventadas son desde hace un tiempo protagonistas de muchas cartas de nuestros restaurantes preferidos, dejando la cocina más molecular y experimental como una atractiva anécdota gastronómica a la que acudimos para vivir una experiencia distinta y excitante.

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(Foto www.stuffyoushouldknow.com)

¿Ha muerto la cocina molecular?
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