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Olvídate de Tripadvisor, cámbiate a los bloggers

El monstruo al que empezamos a conocer como Trip-ad-liar (liar en inglés es mentiroso), ha sido durante los últimos años el punto de referencia de muchos consumidores a la hora de valorar su decisión de compra. Si estamos en Dublín y queremos cenar en un restaurante de comida marroquí, en dos clicks accedemos a un listado en el que los primeros puestos que ocupan los restaurantes que cumplen los parámetros indicados (localización, precio, ambiente, estilo…) se erigen como los «buenos», los «recomendados por los clientes». Y claro, a quien no le convence este argumento.

En Tripadvisor, no es el restaurador el que habla de las excelencias de su comida y su local, ni un crítico gastronómico el que da su veredicto sobre la cocina y el servicio. No, es mucho más real, más fiable, «más mejor». Son los propios consumidores los que con sus opiniones elevan al Olimpo de los «recomendados» o destierran a un purgatorio dantesco a los establecimientos. Que limpio, que fantástico, que honesto, que fiable, ¿verdad?.

No quiero entrar en este post en detalles de cómo valora y posiciona Tripadvisor los comentarios, sería como buscar el Santo Grial, o una aguja en un pajar. Quiero dar el toque de atención sobre QUIEN da los comentarios. Esta es mi teoría y os la cuento con un caso práctico:

Si yo quiero comer un buen arroz en Barcelona, donde vivo, preguntaré a familia y amigos, y distinguiré las opiniones según de que boca (o estómago) vengan. La opinión de mi tío Pepe (un señor de 67 al que no le saques de las ensaladas, la carne a la brasa y algo de legumbre, mega preocupado por su colesterol y triglicéricos y que come en restaurantes 5 o 6 veces al mes), no tendrá la misma consideración que la de mi amiga Sonia (una viajera incansable, gourmet-foddie y que come una media de 4 veces por semana en restaurantes, a la que le encanta la comida india, la japonesa y los domingos acude a casa de su madre, que hace unas paellas riquísimas).

Escucharé ambas opiniones, valoraré y tomaré una decisión con un criterio coherente. Porque conozco la fuente y eso me da confianza.

Pero…

Si lo que quiero es encontrar ese buen marroquí en Dublín del que hablaba antes, y consulto en Tripadvisor, el «mentiroso» me dará su ranking. Tomará las reseñas y puntuaciones de los tíos Pepe’s y la amigas Sonia’s, aplicará sus algoritmos o lo que sea que utilice para ordenar toda esa información y … chas! me dará una respuesta.

Obtendré un resultado sin forma definida ni color, como el aire de la canción de Mecano, hecho de nitrógeno, oxígeno y argón. No sabré si ese marroquí está bien valorado porque les gusta a los Pepe’s, a los Carlo’s o a las Sonia’s. Tendré un ranking de estrellitas y muchos, muchos, muchos comentarios de gente que ni conozco ni sé si tienen un mínimo de conocimiento para opinar. Tal vez las buenas valoraciones vengan por la bonita estética del local. O por la buena atención del personal de sala. O porque la gente en Dublín no tiene ni idea de como sabe la comida de Marruecos y les ha fascinado la vajilla y los uniformes étnicos del personal. O porque la hostess, esa chica guapa que te acompaña a la mesa tiene la sonrisa más bonita del mundo.

Por todo ello (y por mucho más, que más posts vendrán porque el tema me apasiona), mi opción es preguntar a lugareños y hacerme con una idea de lo que los «locals» valoran y por otro lado, confiar en el buen hacer de bloggers y críticos, esas criaturas que se pasan el día probando bares, restaurantes y hoteles y van y lo cuentan en sus blogs, en Facebooks, en Twitter y además te cuelgan las fotos en Instagram o Pinterest. Gente a la que le ves el criterio de lejos y que te da más y mejor información que cualquier página de rankings.

Olvídate del vertedero de opiniones de Trip-ad-liar y déjate aconsejar por el blogerío local de cada sitio y por las guías de expertos. Eso si, distinguiendo bien entre las recomendaciones «naturales» y los «patrocinados», que de todo hay en la viña del Señor.

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